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Cañas y barro Novela

Cañas y barro
Novela
Category:
Title: Cañas y barro Novela
Release Date: 2018-08-27
Type book: Text
Copyright Status: Public domain in the USA.
Date added: 27 March 2019
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Cubierta del libro

[p. 1]

CAÑAS Y BARRO


[p. 2]

OBRAS DEL AUTOR


CUENTOS VALENCIANOS.

LA CONDENADA (cuentos).

EN EL PAÍS DEL ARTE (viajes).

ARROZ Y TARTANA (novela).

FLOR DE MAYO (novela).

LA BARRACA (novela).

SÓNNICA LA CORTESANA (novela).

ENTRE NARANJOS (novela).

LA CATEDRAL (novela).

EL INTRUSO (novela).

LA BODEGA (novela).

LA HORDA (novela).

LA MAJA DESNUDA (novela).

ORIENTE (viajes).

LOS MUERTOS MANDAN (novela).

LUNA BENAMOR (novelas).

ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS (viajes).

SANGRE Y ARENA (novela).

LOS ARGONAUTAS (novela).

LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS (novela).

PRÓXIMA Á PUBLICARSE

MARE NOSTRUM (novela).


Es propiedad.—Reservados todos los derechos de reproducción, traducción y adaptación.—Copyright 1916, by Blasco Ibáñez.


[p. 3]

Vicente Blasco Ibáñez


CAÑAS

y BARRO

— NOVELA —

35.000

Logotipo del editor

PROMETEO

SOCIEDAD EDITORIAL

Germanías, F S.—VALENCIA


[p. 4]

OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR


Terres maudites (Traducción de G. Hérelle), París.

Fleur de Mai (Traducción de G. Hérelle), París.

Boue et Roseaux (Traducción de Maurice Bixio), París.

Contes Espagnols (Traducción de G. Menetrier), París.

Dans l’ombre de la cathédrale (Traducción de G. Hérelle), París.

Terras malditas (Traducción de Napoleão Toscano), Lisboa.

A Cathedral (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa.

Die Kathedrale (Traducción de Josy Priems), Zurich.

Flor de Mayo (Traducción de Josy Priems), Zurich.

Erdfluch (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.

Schilfund Schlamm (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.

Der Eindringling (Traducción de J. Broutá), Berlín.

De Vloek (Traducción del doctor A. A. Fokker), Haarlem.

Waar Oranjeboomen Bloeien (Traducción del Dr. A. A. Fokker), Amsterdam.

Chalupa (Traducción de A. Pikhart), Praga.

Marná Chlouba (Traducción de A. Pikhart), Praga.

Ah, il pane!... (Traducción de F. Gelormini), Palermo.

Hvad en Mand har at gove (Traducción de Johanne Allen), Copenhague.

Vinnyi Sklad (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

Bodega (Traducción de K. G.), Petersburgo.

Prokliatac Pole (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

Sobor (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

Duoyñoy vistrel (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

Geleznodorognoy Zaiaz (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

Naloguiza obnagnenaia (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

Arènes sanglantes (Traducción de G. Hérelle), París.

La Horde (Traducción de G. Hérelle), París.

A cortezan de Sagunto (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa.

O Intruso (Traducción de Carvalho), Lisboa.

L’Intrus (Traducción de Renée Lafont), París.

A Adega (Traducción de E. Sousa Costa), Lisboa-Río Janeiro.

Sur les Orangers (Traducción de G. Menetrier), París.

Les morts commandent (Traducción de Berta Delaunay), París.

Sonnica (Traducción de Frances Douglas), Nueva York.

The Blood of the Arena (Traducción de Frances Douglas), Chicago.

The Shadow of the Cathedral (Traducción de Mrs. W. A. Gillespie), Londres-Nueva York.

Blood and sand (Traducción de Mrs. W. A. Gillespie), Londres.

Obras completas de Blasco Ibáñez (en ruso). Edición en 16 volúmenes con un retrato del autor (Traducción de Taitiana Herzenstein y otros), Moscou.

Sangue e Arena (Traducción de Ida Mango), Nápoles.

Oriente (Traducción de Ferreira Martins), Lisboa.

Die Hetare von Sagunt (Traducción de W. Leydhecker), Berlín.

Bloed en zand (Traducción de M. Van Raalte), Amsterdam.


[p. 5]

CAÑAS Y BARRO


I

Como todas las tardes, la barca-correo anunció su llegada alPalmar con varios toques de bocina.

El barquero, un hombrecillo enjuto, con una oreja amputada, ibade puerta en puerta recibiendo encargos para Valencia, y al llegar álos espacios abiertos en la única calle del pueblo, soplaba de nuevoen la bocina para avisar su presencia á las barracas desparramadasen el borde del canal. Una nube de chicuelos casi desnudos seguía albarquero con cierta admiración. Les infundía respeto el hombre quecruzaba la Albufera cuatro veces al día, llevándose á Valencia lamejor pesca del lago y trayendo de allá los mil objetos de una ciudadmisteriosa y fantástica para aquellos chiquitines criados en una islade cañas y barro.

De la taberna de Cañamèl, que era el primer establecimientodel Palmar, salía un grupo de segadores con el saco al hombro enbusca de la barca para regresar á sus tierras. Afluían las mujeresal canal, semejante á una calle de Venecia,[p. 6] con las márgenes cubiertas de barracas yviveros donde los pescadores guardaban las anguilas.

En el agua muerta, de una brillantez de estaño, permanecía inmóvilla barca-correo: un gran ataúd cargado de personas y paquetes, conla borda casi á flor de agua. La vela triangular, con remiendosobscuros, estaba rematada por un guiñapo incoloro que en otrostiempos había sido una bandera española y delataba el carácteroficial de la vieja embarcación.

Un hedor insoportable se esparcía en torno de la barca. Sus tablasse habían impregnado del tufo de los cestos de anguilas y de lasuciedad de centenares de pasajeros: una mezcla nauseabunda de pielesgelatinosas, escamas de pez criado en el barro, pies sucios y ropasmugrientas, que con su roce habían acabado por pulir y abrillantarlos asientos de la barca.

Los pasajeros, segadores en su mayoría, que venían del Perelló,último confín de la Albufera, lindante con el mar, cantaban á gritospidiendo al barquero que partiese cuanto antes. ¡Ya estaba llena labarca! ¡No cabía más gente!...

Así era; pero el hombrecillo, volviendo hacia ellos el informemuñón de su oreja cortada como para no oirles, esparcía lentamentepor la barca las cestas y los sacos que las mujeres le entregabandesde la orilla. Cada uno de los objetos provocaba nuevas protestas:los pasajeros se estrechaban ó cambiaban de sitio y los del Palmarque entraban en la barca recibían con reflexiones evangélicas larociada de injurias de los que ya estaban acomodados. ¡Un poco depaciencia! ¡Tanto sitio que encontrasen en el cielo!...

[p. 7]La embarcación sehundía al recibir tanta carga, sin que el barquero mostrase la menorinquietud, acostumbrado á travesías audaces. No quedaba en ella unasiento libre. Dos hombres se mantenían de pie en la borda, agarradosal mástil; otro se colocaba en la proa, como un mascarón de navío.Todavía el impasible barquero hizo sonar otra vez su bocina en mediode la general protesta... ¡Cristo! ¿Aún no tenía bastante el muyladrón? ¿Iban á pasar allí toda la tarde bajo el sol de Septiembre,que les hería de lado, achicharrándoles la espalda?...

De pronto se hizo el silencio, y la gente del correo vióaproximarse por la orilla del canal un hombre sostenido por dosmujeres, un espectro, blanco, tembloroso, con los ojos brillantes,envuelto en una manta de cama. Las aguas parecían hervir con el calorde aquella tarde de verano; sudaban todos en la barca, haciendoesfuerzos por librarse del pegajoso contacto del vecino, y aquelhombre temblaba, chocando los dientes con un escalofrío lúgubre, comosi el mundo hubiese caído para él en eterna noche. Las mujeres que lesostenían protestaban con palabras gruesas al ver que los de la barcapermanecían inmóviles. Debían dejarle un puesto: era un enfermo, untrabajador. Segando el arroz había atrapado las fiebres, las malditastercianas de la Albufera, y marchaba á Ruzafa á curarse en casade unos parientes... ¿No eran acaso cristianos? ¡Por caridad! ¡unpuesto!

Y el tembloroso fantasma de la fiebre repetía como un eco, con lossollozos del escalofrío:

¡Per caritat! ¡per caritat!...

[p. 8]Entró á empujones,sin que la masa egoísta le abriera paso, y no encontrando sitio sedeslizó entre las piernas de los pasajeros, tendiéndose en el fondo,con el rostro pegado á las alpargatas sucias y los zapatos llenos debarro, en un ambiente nauseabundo. La gente parecía acostumbrada áestas escenas. Aquella embarcación servía para todo; era el vehículode la comida, del hospital y del cementerio. Todos los días embarcabaenfermos, trasladándoles al arrabal de Ruzafa, donde los vecinosdel Palmar, faltos de medicamentos, tenían realquilados algunoscuartuchos para curarse las tercianas. Cuando moría un pobre sinbarca propia, el ataúd se metía bajo un asiento del correo y laembarcación emprendía la marcha con el mismo pasaje indiferente, quereía y conversaba, golpeando con los pies la fúnebre caja.

Al ocultarse el enfermo volvió á surgir la protesta. ¿Qué esperabael desorejado? ¿Faltaba aún alguien?... Y casi todos los pasajerosacogieron con risotadas á una pareja que salió por la puerta de lataberna de Cañamèl, inmediata al canal.

¡El tío Paco!—gritaron muchos—. ¡El tío Paco Cañamèl!

El dueño de la taberna, un hombre enorme, hinchado, de vientrehidrópico, andaba á pequeños saltos, quejándose á cada paso consuspiros de niño, apoyándose en su mujer, Neleta, pequeña, con elrojo cabello alborotado y ojos verdes y vivos que parecían acariciarcon la suavidad del terciopelo. ¡Famoso Cañamèl! Siempre enfermoy lamentándose, mientras su mujer, cada vez más guapa y amable,reinaba desde su mostrador so[p.9]bre todo el Palmar y la Albufera. Lo que él tenía era laenfermedad del rico: sobra de dinero y exceso de buena vida. No habíamás que verle la panza, la faz rubicunda, los carrillos que casiocultaban su naricilla redonda y sus ojos ahogados por el oleaje dela grasa. ¡Todos que se quejasen de su mal! ¡Si tuviera que ganarsela vida con agua á la cintura, segando arroz, no se acordaría deestar enfermo!

Y Cañamèl avanzaba una pierna dentro de la barca, penosamente,con débiles quejidos, sin soltar á Neleta, mientras refunfuñabacontra las gentes que se burlaban de su salud. ¡Él sabía cómo estaba!¡Ay Señor! Y se acomodó en un puesto que le dejaron libre con esaobsequiosa solicitud que las gentes del campo tienen para el rico,mientras su mujer hacía frente sin arredrarse á las bromas de los quela cumplimentaban, viéndola tan guapa y animosa.

Ayudó á su marido á abrir un gran quitasol, puso á su lado unaespuerta con provisiones para un viaje que no duraría tres horas, yacabó por recomendar al barquero el mayor cuidado con su Paco. Iba ápasar una temporada en su casita de Ruzafa. Allí le visitarían buenosmédicos: el pobre estaba mal. Lo decía sonriendo, con expresióncándida, acariciando al blanducho hombretón, que temblaba con lasprimeras oscilaciones de

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