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Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto)

Cosas de España; tomo 1
(El país de lo imprevisto)
Category:
Author: Ford Richard
Title: Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto)
Release Date: 2018-09-01
Type book: Text
Copyright Status: Public domain in the USA.
Date added: 27 March 2019
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COSAS DE ESPAÑA
(EL PAÍS DE LO IMPREVISTO)

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COLECCIÓN   ABEJA

1.—El tulipán negro, de A. Dumas (con un retrato del autor).—6pesetas.

2.—La maja y el torero, de T. Gautier (con ilustraciones deRomero Calvet).—4,50 pesetas.

3.—Emelina, del Conde de Gobineau. (Viñetas de Alicia ReyColaço.)—3,50 pesetas.

4.—Aventuras de un mayorazgo escocés, de R. L. Stevenson (con unretrato del autor).—5,50 pesetas.

5.—Cosas de España (El país de lo imprevisto), por RicardoFord. Tomo I.—5 pesetas.

6.—Cosas de España. Tomo II.—5 pesetas.

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Colección Abeja
RICARDO FORD

COSAS DE ESPAÑA
(EL PAIS DE LO IMPREVISTO)

Traducción directa del inglés; prólogo de
Enrique de Mesa

Jiménez Fraud, Editor
Diego de León, 5.—Madrid
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ES PROPIEDAD
QUEDA HECHO EL DEPÓSITO
QUE MARCA LA LEY
IMPRENTA DE RAFAEL CARO RAGGIO. MENDIZÁBAL, 34, MADRID

Al Índice

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PRÓLOGO

EL ciudadano inglés Ricardo Ford (1796-1858), en su libro Gatheringsfrom Spain—que hoy, vestido a lo castellano, se da a la estampa con eltítulo de Cosas de España (El país de lo imprevisto)—, ha miradocon limpios ojos y ha observado, perspicua y sagazmente, los paisajes,tipos, caracteres, usos y costumbres españoles.

No es nuestro propósito—clásico en los prologuistas—discernir al autorprologado el galardón único y la palma y láurea supremas entre cuantosescritores nativos y extranjeros han trasladado a las cuartillas susimpresiones de la Península. Para ello necesitaríamos haber hojeado,cuando menos, los ochocientos cincuenta y ocho relatos que el beneméritohispanista Foulché-Delbosc registra en su nutrida y bien documentadaBibliografía de viajes por España y Portugal (Revue Hispanique,{8}tomos III y IV-1-349 y 108-9)[1].

Pero sí queremos notar, sin que el elogio degenere en trasloa, suformidable potencia visiva, el relieve y plasticidad de susdescripciones, la finura de la percepción, la agudeza y gracia de sujuicio y aquella noble y honrada sinceridad con que enaltece lasvirtudes de nuestra raza y declara y fustiga sus defectos.

Claro que una apreciación general sobre el carácter de España, dada ladiversidad de sus regiones, tan distintas étnica y climatológicamente,aunque en unión secular por su política y su historia, puede conducir aerrores fundamentales.

En este punto es discreto el razonamiento del alemán Víctor Aimé Huber,en sus Skizzen aus Spanien (Gotinga, 1828-30), donde, sin el artificiode una fábula mentirosa, dramatiza por manera originalísima susrecuerdos de la Península. «Según la opinión más generalizada—diceHuber—, los españoles son gente morena, de rostro sombrío, de ojos ycabellos negros; se tocan con sombreros de alas anchas; llevanredecillas y se envuelven con amplias capas pardas; son perezosos,sucios, desharrapados. Este retrato puede, en efecto, convenir a ciertasprovincias; pero en otras, por ejemplo, en las provincias vascas, sebuscaría inútilmente este tipo. Los vascos españoles son más bien rubiosque morenos; no llevan ni sombreros de alas anchas, ni capas, niredecillas; son, en su mayoría, activos y alegres, y, sin duda alguna,uno de los pueblos más industriosos del mundo».{9}

En justicia, no puede achacarse este vicio a Ford, tan escrupuloso,veraz y concreto en sus aseveraciones. El escritor inglés ni empleaeufemismos hipócritas, ni adulzora con expresiones molitivas la duraacerbidad del juicio. Señala con índice seguro las más enconadas llagasde la entraña española. ¿Y cómo evitar el dolor y la sangre? La solaenumeración de las materias que tratan los capítulos de este libro,basta para percatarse del interés de su relato, donde armónicamente secoordinan y sintetizan detalles y pormenores de la más varia y curiosaerudición sobre costumbres españolas.

No es Ford un viajero poltrón, ni un espíritu vulgar, siervo delprejuicio. Sabe ver, en la más desolada sequedad espiritual española,los verdinales de la poesía soterraña. A lomos de su jaca cordobesa,recorre toda España por los más ásperos y huraños caminos de herradura.Lleva colgada del arzón de la silla la bota de vino, la que luego, en elcuarto de estudio de su patria, le recuerda, con un dejo de su aroma, elrubí de fuego de Toro, el jugo áspero y peceño de la Mancha. ¡Y con quédelicioso humorismo—ironía y añoranza—la coge entre sus manos, y laacaricia, y acerca hasta sus bordes rojos los labios que aun saben de lased española!

Al cruzar la llana manchega evoca la escuálida figura de nuestro granloco, neta y sobria, sin paracrónicos arambeles de ópera moderna, yjunto al fuego de las ventas, en el corro de arrieros y trajinantes,{10} vaatesorando, para sazonar su prosa, los proloquios, adagios y sentenciasde cualquier Sancho refranero y malicioso. Digamos de pasada que elpaladar británico de Ford no se aviene a los quesos españoles. En estepunto, nosotros, conformes en cuanto el viajero dice respecto al clero,la milicia, la política y la realeza, no podemos suscribir sus juicios,pues el sustancioso queso que encellan los pastores de la Mancha, demásde sernos gratos al gusto, evoca en nuestro espíritu aquellos sabrososcompanages de nuestra novela inmortal, sin más sazón ni salsa que elhambre castellana de amo y mozo.

Uno de los comentadores ingleses de Ford, Tomás Okey, nos suministradatos muy interesantes respecto a su nacimiento, educación, cultura, ynos relata la laboriosa gestación de su obra literaria.

«Ricardo Ford—dice Okey—, que con el prosaico título de Guía delviajero en España, compuso uno de los mejores itinerarios publicados enlengua inglesa, nació en Chelsea el año 1796. Era el hijo mayor de unhombre conspicuo, sir Ricardo Ford, el amigo de Pitt, y durante algúntiempo subsecretario de Estado del Home Department, pero más conocidoaún como el juez de Bow Street, que creó la policía montada deLondres. Ford pasó por todos los grados de instrucción de un inglésdistinguido en una de las tradicionales «escuelas públicas» y en laUniversidad; hizo en Oxford la licenciatura de Leyes, y en 1824 casó conla bella Harriet Capel, hija del{11} conde de Essex. Seis años más tarde,el estado de salud de su mujer les obligó a trasladarse a un climatemplado, y en el otoño de 1830 se embarcó para Gibraltar, acompañado de«tres niños y cuatro mujeres». A los veinte días de viaje desembarcaronfelizmente, y poco después se instalaba la familia en Sevilla, conintención de pasar allí el invierno. Desde esta población y desdeGranada (donde se alojó entre los ruinosos esplendores de la Alhambra)hizo esos viajes a todo lo largo y lo ancho de la Península, que ledieron asunto para las páginas de su Guía y para las Notas sobreEspaña.

«Ford era un viajero ideal. En su casa vivió siempre en una atmósfera dearte y literatura, pues su madre, Lady Ford, era una mujer de educaciónmuy amplia y refinada; pintaba muy bien y tenía gran afición a loscuadros de todos gustos y escuelas. La colección de la familia conteníamagníficos ejemplares de los maestros italianos, ingleses y holandeses,y era el encanto del joven Ricardo, que llegó a dominar el artepictórico de manera que, de dedicar a él más atención, hubieseseguramente conseguido muchos triunfos. Algunos de los mejores dibujosde los Picturesque Sketches in Spain, de David Robert, fueron tomadosdel cuaderno de apuntes de Ford; cuatro de los cuadros de Telbin, en elpopular «Diorama de las campañas del duque de Wellington», estáninspirados en originales de Ford, y en muchos otros, repartidos en losAnales del paisaje, de aquel perío{12}do, y en ediciones del ChildeHarold y de las Baladas Españolas, de Lockhart, pueden encontrarseadmirables dibujos suyos. Pero, aparte de estos accidentes de sueducación, Ford tenía condiciones naturales que le preparaban para serun modelo de viajeros; poseía un oído maravilloso y gran facilidad paraestudiar idiomas y dialectos; un espíritu firme y resuelto, al mismotiempo que bondadoso y amable; una resistencia física extraordinaria yun temperamento ecuánime. Si bien es cierto que tenía todos losprejuicios religiosos y sociales de un inglés de buena familia, nuncalos dejó traslucir en sus relaciones con los españoles, que, siendoespecialmente sensibles al orgullo de raza, quedaban encantados con susamables y elegantes modales y su constante cortesía, que le hacía serigualmente bien recibido por aldeanos, nobles u oficiales rebeldes.

«La mejor prueba del notable poder de observación y asimilación queposeía Ford está en el hecho de que sólo pasó tres años en España. Endiciembre de 1833 estaba de regreso en Inglaterra, y, después de unacorta estancia en Exeter, donde empezó a escribir sus observacionessobre España, se instaló con su familia en el verano de 1834 enHeavitree, una encantadora casa isabelina cerca de la ciudad, donde sededicó a la jardinería, «entre libros y flores», dando de mano a sustrabajos literarios. La obra comenzada en Exeter no llegó a ver la luz.Hizo leer algunos capítulos a Addington, y la crítica severa de{13} éste ledesanimó por completo. «Su carta—le escribía—ha dejado mi pecho sinaliento y sin tinta mi pluma». Y con renovado celo volvió a dedicarse ala jardinería.

«En 1838, un artículo publicado en Quarterly Review sobre las corridasde toros en España llamó la atención del mundo literario, y al añosiguiente fué invitado a comer por John Murray, el cual le rogó que leindicara quién podría hacer una Guía de España. Ford se ofreció, porbroma, a hacerlo, pero luego desistió. En 1840 volvió a relacionarse conMurray, y en septiembre de este mismo año escribía a Addington: «Voy ahacer una Guía de España para Murray». El libro debía terminarse a losseis meses, pero durante cerca de cinco años fué el goce y la pesadillade su vida. Mr. Prothero hace un retrato maravilloso del famoso viajero,escribiendo sobre unos manchados tablones de pino, en el invernadero,cubierto de hiedra y de mirto, de la casa de Heavitree, vestido con unanegra zamarra de pastor, rodeado de estantes llenos de infolios y librosen 4.^o, de pergamino, y de casilleros abarrotados de notas, que poco apoco se esparcían por encima de las sillas y por el suelo. En noviembreescribe a Addington: «La Guía va despacio; no adelanto nada, y a vecesestoy tentado de dejarla». En febrero de 1841 dice: «Estoy decidido adar un avance a la Guía, y ya tengo en prensa cuarenta páginas». Enabril se lamenta de la «mala impresión y del mucho original{14} que llevacada página». En noviembre aparece más animoso y cree que en mayo ojunio siguientes estará terminada. Una quincena después está «hastiado»de la Guía, y para refrescar la imaginación vuelve a repasar la obrade Borrow Los gitanos en España[2], y da algunos consejos a su autorsobre su nuevo libro La Biblia en España. Ford era entusiastaadmirador de su compatriota, y advirtió a Murray que Borrow era unamina, y que si quería coger huevos de oro, no tenía mas que poner unpoco de sal en la cola de Borrow. Luego volvió nuevamente a su trabajo,y en julio de 1843 pudo escribir a Addington: «La Guía estáescrita», y en enero de 1844: «La Guía está en prensa». Pasaroncuatro meses y los trabajos y molestias del autor no se vieroncompensados; se queja de que «el mañana español había infectado hastaAlbemarle Street». Sin embargo, el retraso no se debía a abandono. Ellibro pareció demasiado digresivo, y por consejo de Addington hubo quevariar todo, y el pobre Ford sufrió una pérdida de quinientas librasesterlinas. En diciembre de 1844 tenía corregidas 64 páginas, y enfebrero de 1845 escribe a su amigo y confidente: «Estoy decidido arehacer por completo la Guía, omitiendo todo lo relativo a discusionespolíticas, militares y religiosas y sin hacer mención de nadadesagradable, y hacerlo{15} sólo suave y atractivo». Finalmente, en elverano de 1845 apareció una obra en dos volúmenes, 1.064 páginas entotal, titulada Guía para los viajeros en España y los lectores denuestra patria. A pesar de su extensión y de su alto precio, sevendieron 1.389 ejemplares en tres meses, y Borrow, Prescott, Lockhart,y otras eminencias literarias, alabaron la obra con gran entusiasmo.Parte de las cuartillas suprimidas en la Guía, convenientementeaderezadas y unidas a algunos pasajes de ésta, se publicó en 1846, conel título de Notas sobre España, por el autor de la Guía de España,entresacadas en especial de esta obra y aumentadas notablemente. Estelibro tuvo también un gran éxito, y Ford pudo escribir a Addington: «Heganado doscientas diez libras con un trabajo hecho en dos meses».Entonces

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