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Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto)

Cosas de España; tomo 2
(El país de lo imprevisto)
Category:
Author: Ford Richard
Title: Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto)
Release Date: 2019-02-19
Type book: Text
Copyright Status: Public domain in the USA.
Date added: 27 March 2019
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COSAS DE ESPAÑA
(EL PAÍS DE LO IMPREVISTO)
TOMO II Y ÚLTIMO{4}

COLECCIÓN   ABEJA

1.—El tulipán negro, de A. Dumas (con un retrato del autor).—6pesetas.

2.—La maja y el torero, de T. Gautier (con ilustraciones deRomero Calvet).—4,50 pesetas.

3.—Emelina, del Conde de Gobineau. (Viñetas de Alicia ReyColaço.)—3,50 pesetas.

4.—Aventuras de un mayorazgo escocés, de R. L. Stevenson (con unretrato del autor).—5,50 pesetas.

5.—Cosas de España (El país de lo imprevisto), por RicardoFord. Tomo I.—5 pesetas.

6.—Cosas de España. Tomo II.—5 pesetas.

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Colección Abeja
RICARDO FORD

COSAS DE ESPAÑA
(EL PAIS DE LO IMPREVISTO)

Traducción directa del inglés; prólogo de
Enrique de Mesa
Tomo II y último

Jiménez Fraud, Editor
Diego de León, 5.—Madrid

ES PROPIEDAD
QUEDA HECHO EL DEPÓSITO
QUE MARCA LA LEY
IMPRENTA DE RAFAEL CARO RAGGIO. MENDIZÁBAL, 34, MADRID

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Al Índice

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Capítulo XV.

HABIENDO ya discurrido bastante, y suponemos que satisfactoriamente,acerca de las comidas y bebidas de España, no estará demás que dirijamosnuestra atención a esas casas en que, por caminos y ciudades, se puedenencontrar esos consuelos para los hambrientos y cansados, o no se puedenencontrar, como suele suceder en este «país de lo imprevisto». Lasposadas de la Península, salvo raras excepciones, se han clasificado detiempo inmemorial en malas, peores y pésimas; y como las últimas, almismo tiempo que las más malas son las más numerosas y castizas, duraránhasta la eternidad. Pocos países habrá en que el viajero esté más vecesde acuerdo con el discurso del amado Johnson a su amigo el caballero{8}Boswell[1]: «Pocas cosas habrá inventado el hombre que proporcionenmayor felicidad que una buena taberna». España presenta muchosargumentos en contra de la afirmación de nuestro gran tragón ymoralista: las posadas, en general, ofrecen más distracciones para laimaginación que comodidades para el cuerpo, y siempre, aun las másnuevas y renombradas en el país, son inferiores en mucho a las queacostumbramos a tener los ingleses en el nuestro y se han extendido yapor todos los sitios del continente más concurridos por nuestroscompatriotas. Pocas personas dirán aquí con Falstaff: «Iré a mi posada aholgarme». Es imposible evitar las incomodidades de los malos caminos yde las ventas, viajando a caballo y lentamente, y teniendo quesoportarlas, por lo tanto; mientras que el ferrocarril arrastra alpasajero, lejos de todas esas molestias, con la rapidez de un cometa, ylas cosas que se pierden pronto de vista se olvidan aún con mayorrapidez; pero que ningún escritor digno de tal nombre, tenga miedo enabandonar los caminos para seguir las veredas de la Península. «Hay unagran parte de España—dice el mismo Johnson a Boswell—que no ha sidoaún recorrida. Me gustaría que fueseis allí; un hombre de talentosinferiores a los vuestros nos podría procurar observaciones útiles sobreaquel país».

Es muy fácil de explicar por qué los hospedajes públicos están tanabandonados. La Naturaleza y los habitantes parece que se han puesto deacuerdo para{9} aislar más y más la Península, que ya de por sí lo estábastante por un mar huraño y por barricadas de montañas casiimpracticables. La Inquisición ha reducido al español a la condición deun fraile encerrado en su convento de altos muros, alerta siempre a nodejar pasar al extranjero con sus peligrosas novedades[2]. España, pues,sin visitar ni ser visitada, resulta arreglada exclusivamente para losespañoles, y no se ha ocupado de procurarse ni las mejoras máselementales y más adecuadas a las necesidades de otros europeos yextranjeros, que ni son deseados ni queridos, ni siquiera se piensa enellos por los indígenas, que rara vez viajan como no sea por necesidad,y nunca por divertirse. ¿Y para qué habían de hacerlo? ¿Para ellos no esEspaña el Paraíso, y la parroquia de cada uno el cacho mejor de gloria?Cuando los nobles y los ricos visitan las provincias, se alojan en suspropias casas o en las de sus amigos, lo mismo que los frailes, cuandovan de un lado a otro, siempre se hospedan en los conventos. La granmasa de las familias peninsulares, que no están sobrecargadas ni{10} dedinero ni de exigencias, han estado y están habituadas a infinitasmolestias y privaciones: viven en su país en una abundancia deprivaciones, y piensan que al salir de casa lo han de pasar peor, puessaben perfectamente que en las posadas españolas la comodidad brilla porsu ausencia. Al igual que en Oriente, no conciben que el viajar no seauna serie ininterrumpida de trabajos, que soportan, cuando es necesario,con resignación estoica, considerándolos como cosas de España, quesiempre han sido así, y para las cuales no hay remedio, sino pacienteresignación. La feliz ignorancia y el desconocimiento de lo mejor hansido siempre el gran secreto de la ausencia de descontento, mientras quepara aquellos que están habituados a vivir en continua fiesta, cualquiercosa que no sale a medida de su deseo es un desengaño; pero los quecomen a diario pan duro y escaso y sólo beben agua, consideran un lujoel más pequeño exceso.

En España no se pide ninguna de esas comodidades que se han introducidoen el continente por nuestros nómadas compatriotas, que llevan consigosu té, sus toallas, sus alfombras, su sibaritismo y su civilización. Elviajar por placer es una invención moderna, y como resulta caro, losingleses son, por lo común, quienes más viajan, pues tienen elementospara ello; pero como España está fuera de sus itinerarios corrientes,las posadas conservan el primitivo estado de suciedad y abandono quetuvieron muchas{11} del continente hasta que las pulieron nuestrasindicaciones y nuestras guineas.

En la Península, donde el intelecto no viaja a gran velocidad, lasposadas, principalmente las de camino y las de orden inferior, continúanen el mismo estado que en tiempo de los romanos, y aun probablemente queantes de ellos. Es más, aun las cercanas a Madrid, «la única corte de latierra», son tan clásicamente miserables como la hostería de Aricia,cerca de la Ciudad Eterna, era en tiempos de Horacio. En realidad, lasposadas españolas de lugares apartados son de tal suerte, que una señorainglesa no debe aventurarse a penetrar en ellas, a menos de estarpreparada para soportar una serie de molestias de las que no puedenformarse la más remota idea los que sólo han viajado por Inglaterra,aunque pueden ser y han sido soportadas aun por gente enferma ydelicada. En cuanto a la gente joven, y a todo hombre que goce de buenasalud, de buen humor y de la bendita previsión, comida y una cama no hande faltarle, a las que el hambre y la fatiga las hará más deleitosas quetodos los recursos del arte; y por fortuna para el viajero, en todo elcontinente, y especialmente en España, se encuentra siempre el pan y lasal, como en los tiempos de Horacio, para reparar el estómagodesfallecido, y después de eso, al que duerme bien no le pican laspulgas. Estos pequeños inconvenientes están muy compensados por losplaceres que proporciona el viajar en este país primiti{12}vo, y ademáspueden aminorarse mucho haciendo acopio de provisiones, tanto en lacesta como en la cabeza. Las expediciones abundan en incidentes,aventuras y novedades; todos los días se representa a nuestra vista unnuevo espectáculo de la vida real y nos proporciona medios de conocer elfondo de la naturaleza humana y guardar un cúmulo de datos interesantespara el porvenir: después se recuerda todo lo agradable, y lasmolestias, si no se olvidan por completo, se atenúan mucho, pues aun lasque se soportan en una batalla, al recordarlas y charlar sobre ellas,resultan divertidas. El viajero no debe esperar el encontrarse condemasiadas cosas; si cuenta con no encontrarse nada, difícil será que selleve un desengaño. España, como Oriente, no puede ser gozada por losexcesivamente dengosos para las comodidades corporales; así, pues, losque analicen excesivamente, los que atisben demasiado detrás de lascortinas culinarias o domésticas, no puede esperarse que pasen unaexistencia tranquila.

Entre estos refugios para los desamparados, colocaremos en primertérmino la fonda. Como indica su nombre, es una cosa extranjera,importada de Venecia, que en sus tiempos fué el París de Europa, elcentro de la civilización sensual y el asiento de toda mentira einiquidad. Los fondacco sirvieron de modelo a los fondack turcos. Lafonda sólo se encuentra en las grandes ciudades y puertos principalesdonde se ha impuesto la necesidad de ellas por la concu{13}rrencia deextranjeros. Casi siempre tiene anejas una botillería, donde seexpenden bebidas de todas clases, y una nevería, donde se sirvenhelados y pasteles. En la fonda sólo se acomodan las personas; losanimales, no; pero suele haber cerca alguna cuadra o una posada modesta,donde se envían los caballos. La fonda está, por lo común, bienprovista de todos los artículos con que los sobrios y severos indígenasse contentan; el viajero al hacer comparaciones no debe nunca olvidarque España no es Inglaterra, a la cual muy pocos de ellos pueden sacarde la cabeza.

Que España es España, es una perogrullada que no se repetirá bastante, yen ser tal como es consiste su originalidad, su gracia, suidiosincrasia, su mayor encanto y su más alto interés, a pesar de quelos españoles no lo crean así y, por una tonta imitación de lacivilización europea, todos los días le hagan perder algún encantosubstituyéndolo por cosas vulgares que no van bien con su carácter ymenos aún con el de sus antepasados gótico-árabes. Los frailes, como yahemos dicho, han desaparecido; las mantillas van desapareciendo; lasombra del algodón versus trigo ya ha obscurecido la risueña ciudad deFígaro, y el fin de todas las cosas se aproxima, ¡Ay de mi España!

En España, especialmente en las provincias cálidas, hay que lucharcontra el calor y no contra el frío; por lo tanto, las alfombras, lostapetes, las cortinas, etcétera, etc., serían un estorbo positivo quedificultarían{14} la ventilación, y, en cambio, favorecerían de maneraintolerable la cría de polillas. Las paredes, por lo general, estánsencillamente enjalbegadas; los irregulares suelos, de ladrillo, sesuelen cubrir con una estera de esparto, como se hacía en nuestrospalacios en los tiempos de la reina Isabel; completan el parco ajuar delcuarto una cama baja de hierro o madera sobre ruedas, con bastos perolimpios colchones y sábanas, unas cuantas sillas duras, y, a veces, unsofá de respaldo derecho, muy incómodo, y una mesa desvencijada. Losprecios son moderados: unos dos duros, o cosa así, diarios por persona,incluyendo habitación, desayuno, comida y cena. Los criados, si sonespañoles, cuestan generalmente la mitad; los criados ingleses, queninguna persona discreta llevará al continente, en ninguna parte seránmenos útiles y más molestos que en este país, donde se sufre hambre ysed, y donde no hay té, ni cerveza, ni carne. Dan más trabajo, necesitanmás alimento y atención, y están diez veces más descontentos que susseñores. Estos, a lo menos, tienen el sentimiento de lo bello, y sientenun placer estético en el viaje en sí mismo, que les compensasobradamente de las grandes faltas de comodidades materiales, queconstituyen, en cambio, la única preocupación de la servidumbre, quesólo tiene el cerebro lleno de pudding y de sus buenas cuatro comidasdiarias. Las fondas son más caras en Madrid y Barcelona, ciudadcomercial la última donde los hoteles son{15} más europeos tanto en lascomidas como en los precios.

Los que hayan de estar una temporada larga en una ciudad deben hacer unarreglo con el fondista o alojarse en una casa de pupilos o dehuéspedes, donde tendrán más ocasión de aprender el español y observarlas costumbres del país. Este sistema es muy corriente, y puede saberseque en una casa se admiten huéspedes por un papel blanco que se colocaen un lado del balcón, siendo este modo de colocarlo, precisamente, loque indica la industria de la casa, pues si el papel se ostenta en mediodel balcón, entonces significa que está el cuarto para alquilar. Losprecios de estas casas son razonables.

Desde la muerte de Fernando VII se han realizado muchas mejoras enalgunas fondas. En los cambios y vueltas de las revoluciones, todoslos partidos han intervenido y gobernado, matando o desterrando a suscontrarios. Realistas, liberales, patriotas, moderados, etc., cada unoen

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