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Amistad funesta_ Novela

Amistad funesta_ Novela
Category: Fiction
Author: Martí José
Title: Amistad funesta_ Novela
Release Date: 2006-04-14
Type book: Text
Copyright Status: Public domain in the USA.
Date added: 25 March 2019
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Amistad funesta

Novela

José Martí


Introducción por Gonzalo de Quesada
José Martí por Miguel Tedín
José Martí por Román Vélez
Martí: Discurso pronunciado por el Doctor José Antonio González Lanuza
Martí por Federico Uhrbach
«Martí: su vida y su obra»

Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III

Introducción

por Gonzalo de Quesada

Sea su novela Amistad funesta el décimo volumen de las obras delMaestro.

Es milagro que ella, como casi todo lo que escribió, no se haya perdido.Se publicó en 1885, en varias entregas, en El Latino Americano,periódico bimensual, de vida efímera—órgano de la Compañía Hecktograph,de New York—que no se encuentra hoy en biblioteca pública alguna.Además, no apareció con el nombre de su autor sino con el seudónimo de«Adelaida Ral», y esto hubiera hecho aun más difícil su hallazgo.

Afortunadamente, un día en que arreglábamos papeles en su modestaoficina de trabajo, en 120 Front Street—convertida, en aquel entonces,en centro del Partido Revolucionario Cubano y redacción y administraciónde Patria—di con unas páginas sueltas de El Latino Americano,aquí y allá corregidas por Martí, y exclamé al revisarlas: «¿Qué es estoMaestro?» «Nada—contestome cariñosamente—recuerdos de épocas de luchas ytristezas; pero guárdelas para otra ocasión. En este momento debemossolo pensar en la obra magna, la única digna; la de hacer laindependencia».

En efecto; esta novela vio la luz a raíz de fracasados intentos paralevantar en armas, de nuevo, a nuestra tierra, intentos que no apoyóMartí estimando que el plan no era suficiente ni el momento oportuno;brotó de su pluma cuando—en desacuerdo con los caudillosprestigiosos, únicos capaces, con sus espadas heroicas y legendarias, dedespertar el alma guerrera cubana—parecía oscurecido, para siempre, enla política; fue engendrada en horas de la mayor penuria, en las que, noobstante, rechazando las tentaciones de la riqueza y sin otra guía quesu conciencia ni otro consuelo que su inquebrantable fe en la Libertad,sus principios no capitularon.

A una miseria por palabra se pagó este trabajo, elevado de pensamiento,galano de estilo, con enseñanzas—como todo lo suyo—para suscompatriotas; con algo de su propia existencia.

No sé que el Maestro, en otras ocasiones, cultivase este ramo literario;pero su traducción de Called back, de Hugh Conway—por la cual una casaeditora le concedió, como gran generosidad, cien pesos—, luego conbrillante vestidura y el nombre de Misterio vendida por millares, y laversión suya, que talmente parece un original, amorosa y admirable, deRamona de Hellen Hunt Jackson—buscada en vano en las librerías—, sonprueba evidente de que a haber dispuesto de oportunidad y sosiego paraello, hubiera, también, triunfado en la Novela. No le faltaban elementospor su conocimiento de la realidad del mundo y sus pasiones, anhelos ytorturas; le sobraba fantasía para hacerla resaltar; espléndido lenguajecon que exponerla.

Ni sus versos, ni parte de su correspondencia, ni sus artículos dedoctrina y de propaganda, ni sus pensamientos ni su biografía heolvidado; pero cumpliendo con lo principal que él nos enseñó—el serviciode Cuba—poco se ha podido terminar y solamente ha habido tiempo paraeste volumen—y reunir los homenajes a su memoria que van en el mismoprenda de que aquí, en los lejanos montes de Turingia, donde aun vibranentre pinos seculares las liras de Goethe, Schiller y Wieland, ¡piensoen él y en la patria!

Oberhof, 4 de julio de 1911.

Gonzalo de Quesada


José Martí

por Miguel Tedín

La Nación, Buenos Aires, diciembre 1.º de 1909

A principios del año 1888 llegué a Nueva York en cumplimiento de unamisión profesional, y una de mis primeras diligencias fue [ir] a buscara Martí cuyas correspondencias a La Nación me habían impresionadovivamente, revelándome un talento superior y un alma eminentementeamericana. Encontrele en su despacho del consulado oriental en FrontStreet, una de las antiguas calles de la gran metrópoli y apenas llamé ala puerta se adelantó a recibirme diciéndome: ¿Es usted el señor Tedín?(un amigo común le había anticipado la visita), a la vez que me extendíaambas manos con tal efusión de franqueza y sinceridad, que ese apretónselló entre ambos una amistad que solo la muerte del gran ciudadano hapodido cortar.

Era Martí de mediana estatura, cabellera negra y abundante que rodeabauna frente amplia y bombeada, ojos negros de mirada dulce y penetrante,tez blanca pálida, como son generalmente los cubanos, bigote negro ycrespo y un óvalo perfecto redondeaba su fisonomía armoniosa y vivaz. Ensu cuerpo delgado predominaba el temperamento nervioso, que hacíarápidos todos sus movimientos y sus manos finas y alargadas revelaban alhombre culto consagrado a las tareas intelectuales. Llevaba como únicoadorno en uno de sus dedos un anillo de plata en el cual estaba grabadala palabra «Cuba».

Cubrían los muros de su despacho estanterías de pino blanco, algunas delas cuales él mismo construyó, y en los pocos espacios libres que ellasdejaban colgaban retratos de los héroes de la revolución cubana queterminó con la paz del Zanjón, y entre los de varios literatos ocupabalugar preferente el de Víctor Hugo.

Constituían su biblioteca, en primer término, las publicaciones que sehacían en la América latina, cuyo progreso intelectual seguía conavidez, habiendo escrito juicios sobre muchas de ellas; pero tampocofaltaban los de la literatura norteamericana, cuya lengua conocíaprofundamente, aunque no fuera inclinado a hablarla. Su mesa de trabajo,sumamente sencilla, estaba siempre repleta de papeles que formaban susnumerosos trabajos de correspondencia para los periódicos de Cuba,Méjico, Guatemala, Argentina, y las revistas que bajo su dirección sepublicaban en Nueva York, aparte de los documentos oficiales de suconsulado. El único ornamento de ella era un tosco anillo de hierro quetuvo de grillete durante su prisión en la isla de Cuba, cuando aun eraun niño, por causa de sus ideas liberales y que le fue regalado por suseñora madre después de su deportación a España, para que le sirviera deamuleto en su peregrinación por la libertad de su patria.

En aquel modesto despacho mantuvo por muchos años el fuego sagrado de laindependencia cubana, sin que por un momento les hicieran desfallecer nilas disidencias entre sus propios amigos, muchos de los cuales creíanutópica la revolución, ni el espectáculo de las fortunas que seacumulaban a su alrededor por todos los que consagraban su inteligenciay su autoridad a los negocios comerciales.

Allí llegaban y eran cordialmente recibidos no solo los sudamericanosque deseaban un consejero honrado para orientarse en los caminos de lavida americana, sino todos los cubanos interesados en la política de supaís. Allí conoció a Estrada Palma, que a la sazón ganaba su vidamanteniendo un pensionado de enseñanza en el estado de Nueva Jersey, y amuchos otros después actuaron en la revolución. A todos recibía con losbrazos y el corazón abiertos y para todos tenía no solo las hermosaspalabras, sino la ayuda de su experiencia y aun de sus modestosrecursos.

Su fisonomía moral se caracterizaba por la más absoluta honestidad entodos los actos de su vida y por el mayor desprendimiento de sus propiosintereses en favor del ideal a que había consagrado su existencia, lalibertad de Cuba. Su espíritu eminentemente altruista, se asociaba atodos los dolores ajenos y a ellos llevaba el consuelo de su palabrainspirada; lo mismo compartía las alegrías de sus amigos. Su almasensible y delicada sufría con las asperezas del alma yanqui, y nuncapudo fundirse en los moldes de ambición en que esta está vaciada.Recibió ofertas halagadoras para que pusiera su talento de escritor alservicio de intereses comerciales; pero jamás quiso desnaturalizar supluma que solo debía servir para unir a la familia latinoamericana ypara luchar por la libertad. Prefirió ser pobre con decoro (palabra quese encuentra en casi todos sus escritos) antes que sacrificar susconvicciones ni su tiempo a tareas menos nobles que aquella en que sehabía empeñado.

Poseía un raro talento de asimilación y de generalización que lepermitía abordar con brillo y con criterio sólido todos los problemasque en el orden político o sociológico entrañan el desenvolvimiento delas naciones y su memoria privilegiada le permitía recordar todo cuantohabía pasado por el crisol de su inteligencia. Era raro hablarle de unlibro recientemente publicado que él no lo conociera y sobre el cualpudiera expresar su propio juicio; así como conocía a todos los hombresque habían desempeñado un papel prominente en la vida de las nacioneslatinoamericanas.

Su palabra era suave, fluida, límpida como su pensamiento, sinafectación ni rebuscamiento, y producía el encanto de una fuentecristalina que desciende en su curso halagando los sentidos. Cuántasveces en los días festivos, solíamos atravesar el río Hudson einternarnos en las hermosas arboledas de las Palisades o recorríamos lasavenidas del Parque Central, y allí transcurrían insensiblemente lashoras, bajo la influencia de su palabra sana y amena que hacía olvidarel bullicio de la metrópoli. Su oratoria sólida y rica en imágenesbrillantes se derramaba como raudales de perlas y de flores, y suauditorio quedaba siempre cautivado por el encanto de ella. Recuerdo queen una conferencia que dio sobre Guatemala, con el propósito de reunir yvincular a los latinos residentes en Nueva York, tomó como tema lasflores y los pájaros que adornaban el sombrero de una señorita allípresente, y sobre él hizo la pintura más hermosa que jamás haya leído dela naturaleza y de la sociedad centroamericana.

La impresión que a todos nos produjo fue la de hacer olvidar que noshallábamos bajo un cielo gris y helado, creyéndonos transportados a lostrópicos, y solo volví a la realidad de nuestra existencia cuando sentíun «hurry up», pronunciado con áspero acento sajón por dos jóvenes quepasaban a mi lado.

Era un trabajador infatigable y desde el alba que empezaba su labor conla lectura de los diarios hasta altas horas de la noche y a veces hastala nueva aurora que solía sorprenderlo cuando, como él decía, se hallabaengolosinado por algún estudio en que ponía toda su alma paratransmitirla a los lectores que el obligado por las visitas de susamigos a quienes recibía con solícito cariño.

Y no eran solo los trabajos literarios que ocupaban sus horas. Lasdividía entre estos y las conferencias que daba a los cubanos pobres, enlas que se esforzaba para vincular al elemento de color, con los de lasclases superiores, porque unos y otros debían servir para preparar larevolución cubana que era el objeto de su permanencia en Estados Unidos.

A pesar de los largos años que allí vivió, nunca pudo identificarse conla vida americana, porque su espíritu generoso y desinteresado erarefractario a los procedimientos egoístas que constituyen el fondo delcarácter de ese pueblo. Desconfiaba con las tendencias imperialistas deesa nación y creía que abrigaba propósitos absorbentes, contra loscuales las repúblicas latinas debieran estar prevenidas. Méjico, decía,solo ha podido evitar nuevas desmembraciones merced a una políticahábil, en que sin resistir directamente, ha evitado la invasión deintereses americanos. Consideraba la conferencia monetariainternacional, iniciada por Blaine y a la que él fue delegado por elUruguay, y yo lo fui por la Argentina, más como el medio de favorecerlos intereses de los Estados Unidos platistas, que el de estrechar losvínculos de todas las naciones de América. Carece, pues, completamentede fundamento la versión de un escritor franco-argentino, de que Martífuera partidario de la anexión de Cuba a los Estados Unidos, cuando, porel contrario, veía en ellos un peligro para la independencia. Creo, sinembargo, que sus temores eran infundados a este respecto, como lo hademostrado la conducta de aquella nación, para terminar la guerra yestablecer el gobierno propio de la isla y estoy convencido de que notienen ambiciones de predominio sobre la América latina. Mr. Elihu Rootme dijo durante su visita a esta capital, que los Estados Unidos nuncaanexionarían a Cuba y tengo la más absoluta confianza en la sinceridadde este gran estadista americano.

Los últimos años de la vida de Martí en Nueva York me son pococonocidos. Su última carta me revelaba un estado moral deprimido por elexceso del trabajo, que había creado en su organismo una excitaciónnerviosa. «Tengo horror a la tinta, me decía, y desearía huir a losbosques, aunque me crecieran las barbas verdes, para no ver papeles nisentir las fealdades de las gentes». Pasaron algunos años, durante loscuales solo tuve noticias de él por intermedio de un amigo, cuando undía recibí un telegrama en que me decía: «deberes ineludibles me llamana mi patria y necesito su ayuda, mándeme por cable quinientos dólares».Mi situación en aquel momento era difícil y me fue imposible ayudarlo.Tengo, pues, el remordimiento de no haber contribuido con esa suma a laindependencia de

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