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El Doctor Centeno (Tomo I)

El Doctor Centeno (Tomo I)
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Title: El Doctor Centeno (Tomo I)
Release Date: 2018-06-03
Type book: Text
Copyright Status: Public domain in the USA.
Date added: 27 March 2019
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Cubierta del libro

[p. 1]

EL DOCTOR CENTENO



[p. 3]

B. PÉREZ GALDÓS

NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS



EL

DOCTOR CENTENO

TOMO I


14.000

Logotipo del editor

MADRID

OBRAS DE PÉREZ GALDÓS

132, Hortaleza

1905


[p. 4]

EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO

IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.

Carrera de San Francisco, 4.


[p. 5]

EL DOCTOR CENTENO

I

INTRODUCCIÓN Á LA PEDAGOGÍA

I

Con paso decidido acomete el héroe la empinada cuesta delObservatorio. Es, para decirlo pronto, un héroe chiquito, paliducho,mal dotado de carnes y peor de vestido con que cubrirlas; taninsignificante, que ningún transeunte, de éstos que llaman personas,puede creer, al verle, que es de heróico linaje y de casta deinmortales, aunque no esté destinado á arrojar un nombre más en elenorme y ya sofocante inventario de las celebridades humanas. Porquehay ciertamente héroes más ó menos talludos que, mirados con los ojosque sirven para ver las cosas usuales, se confunden con la primeramosca que pasa ó con el silencioso, común é incoloro insectillo queá nadie molesta, y ni siquiera merece que el buscador de alimañas locoja para engalanar su colec[p.6]ción entomológica... Es un héroe más obscuro que lashistorias de sucesos que aún no se han derivado de la fermentaciónde los humanos propósitos; más inédito que las sabidurías de unaAcademia, cuyos cuarenta señores andan á gatas todavía, con el dedoen la boca, y cuyos sillones no han sido arrancados aún al troncoduro de las caobas americanas.

Esto no impide que ocupe ya sobre el regazo de la madre Naturalezael lugar que le corresponde, y que respire, ande y desempeñe una yotra función vital con el alborozo y brío de todo sér que estrenasus órganos. Y así, al llegar al promedio de la cuesta, á trozosescalera, á trozos senda mal empedrada y herbosa, incitado sin dudapor los estímulos del aire fresco y por el sabroso picor del sol, daun par de volteretas, poniendo las manos en el suelo, y luego mediadocena de saltos, agitando á compás los brazos como si quisieralevantar el vuelo. Desvíase pronto á la derecha y se mete por losaltibajos del cerrillo de San Blas; vuelve á los pocos pasos, vacila,mira en redondo, compara, escoge sitio, se sienta...

Es un señor como de trece ó catorce años, en cuyo rostro lamiseria y la salud, la abstinencia y el apetito, la risa y el llantohan confundido de tal modo sus diversas marcas y cifras, que no sesabe á cuál de estos dueños pertenece. La nariz es de éstas quellaman socráticas,[p. 7]la boca no pequeña, los ojos tirando á grandes, el conjunto de lasfacciones poco limpio, revelando escasas comodidades domésticas, yausencia completa de platos y manteles para comer; las manos sonduras y ásperas como piedra. Ostenta chaqueta rota y ventilada pormil partes, coturno sin suela, calzón á la borgoñona, todo lleno decuchilladas, y sobre la cabeza greñosa, morrión ó cimera sin forma,que es el más lastimoso desperdicio de sombrero que ha visto en sustenderetes el Rastro.

De aquellos incomprensibles bolsillos del chaquetón saca mihombre, á una mano y otra, diversas cosas. Por este agujero apareceun pedazo de chocolate; por aquella hendidura asoma un puro deestanco; por el otro repliegue déjanse ver sucesivamente dos zoquetesde empedernido pan; de aquel jirón, que el héroe sacude, caen óllueven seis bellotas y algunos ochavos y cuartos; más abajo sedescubre un papelillo de fósforos; por entre hilachas salen tresplumas de acero, un trozo de lápiz, higos pasados, un periódicodoblado, con los dobleces rotos y ennegrecidos... Aparta condiligente mano aquellos objetos que hasta ahora no se considerandigestivos, desenvuelve y tiende sobre el suelo el periódico ámodo de mantel, y sobre él va poniendo los varios artículos decomer y fumar. Se coloca bien, echando una pierna á cada lado delpapel; quita, pone, cla[p.8]sifica, ordena, se recrea en su banquete y lo despacha endos credos.

No se meterá el historiador en la vida privada, inquiriendo yarrojando á la publicidad pormenores indiscretos. Si el héroe usauna de las plumas de acero, como tenedor, para pinchar un higo; sise lleva á la boca con gravedad el pedazo de pan, mordiendo en élcon limpieza y buena crianza; si hay, en suma, en su alborozadoespíritu un gracioso prurito de comer como los señores, ¿por quése ha de perder el tiempo en tales niñerías? Más importante es queel historiador, con toda la tiesura, con toda la pompa intelectualque pide su oficio, se remonte ahora á los orígenes de aquellapropiedad, y escudriñe de dónde proceden las bellotas, de dónde elfiero cigarrote, los higos, el pan y demás provisiones, con lo cual,si sale airoso de su empresa y lo descubre todito, se acreditará desabio averiguante, que es lo mejor para tener crédito y laureles sinfin. Llevado de su noble anhelo, baraja papeles, abofetea libros,estropea códices, destripa legajos, y al fin ofrece á la admiraciónde sus colegas los siguientes datos, preciosa conquista de lasabiduría española:

Á 10 de Febrero de 1863, entre diez y once de la mañana, en laRonda de Embajadores, fué mi hombre obsequiado con bellotas por unavendedora de aquel artículo, de otro que lla[p. 9]man cacahuet, de papelillos de fósforosy avellanas. Veintitrés mil razones se emplean para demostrar laprobabilidad de que esta esplendidez fuera recompensa de uno ó devarios servicios, quizás recados á la vecina, ir á comprar dos librasde jabón, ó traer un saco de ropa desde el lavadero de las Injurias.Y de igual modo aparecen sacadas de la obscuridad de los tiempospretéritos la procedencia de las demás vituallas y del cigarro, sibien en esto último hay dos versiones, igualmente remachadas conpoderosa lógica. ¿Se lo encontró en la calle? ¿Se lo dió Mateo delOlmo, sargento primero de artillería montada?... Basta. Esta sutilerudición no es para todos, por lo cual la suprimimos. Adelante.

Después de comer como los señores, piensa mi hombre que fumarsericamente un puro es cosa también muy conforme con el señorío.¡Lástima no tener fósforos de velita para echar al viento la llamay encender, á estilo de caballero, en el hueco de la mano! El héroecoge el cigarro, lo examina sonriendo, le da vueltas, observa larígida consistencia de las venas de su capa, admira su dureza, elcolor verdoso de la retorcida hierba, toda llena de ráfagas negrasy de costurones y cicatrices como piel de veterano. Parece, porpartes, un pedazo de cobre oxidado, y por partes longaniza hecha condistintas substancias y despojos vegetales. ¡Y[p. 10] cómo pesa! El héroe lo balancea en lamano. Es soberbia pieza de á tres... ¡Fuego!

Un papelillo entero de mixto se consume en la empresa incendiaria;pero al fin el héroe tiene el gusto de ver quemada y humeante lacola del monstruo. Éste se defiende con ferocidad de las quijadas,que remedan los fuelles de Vulcano. Lucha desesperada, horrible,titánica. El fuego, penetrando por los huecos de la apretadatripa, abre largas minas y galerías, por donde el aire se escapacon imponentes bufidos. Otras partes del monstruo, carbonizadaslentamente, se retuercen, se esparranclan, se dividen en cortecillasfoliáceas. Durísima vena negra se defiende de la combustión y asomafiera por entre tantas cenizas y lavas... Pero el intrépido fumadorno se acobarda y sus quijadas sudan, pero no se rinden. ¡Plaf! Alláte va una nube parda, asfixiante, cargada de mortíferos gases. Alinsecto que coge me lo deja en el sitio. Síguele otra que el héroedespide hacia el cielo como la humareda de un volcán; otra quemanda con fuerza hacia el Este. El Ocaso, el Norte son infestadosdespués. ¡Con qué viril orgullo mira el valiente las espirales quese retuercen en el aire limpio! Luego le cautiva y embelesa elfondo de país sub-urbano que se extiende ante su vista, el cualcomprende el Hospital, la Estación, fábricas y talleres remotos, y,por fin, los áridos oteros de[p.11] los términos de Getafe y Leganés. No lejos de las últimasconstrucciones se nota algo que brilla á trechos entre los peladoschopos, como pedazos de un espejillo que se acaba de romper en lasmanos de cualquier ninfa ribereña. Es el río que debe su celebridad ásu pequeñez, y su existencia á una lágrima que derramó sin duda SanIsidro al saber que estos arenales iban á ser Corte y cabeza de lasEspañas. El héroe mira todo con alegría, y después escupe.

Contempla la mole del Hospital. ¡Vaya que es grandote! La Estaciónse ve como un gran juguete de trenes de los que hay en los bazarespara uso de los niños ricos. Los polvorosos muelles parece que notienen término. Las negras máquinas maniobran sin cesar, trayendo yllevando largos rosarios de coches verdes con números dorados. Saleun tren. ¿Á dónde irá? Puede que á la Rusia ó al mesmo Santander...¡Qué tié que ver esto con la estación de Villamojada! Allá vaechando demonios por aquella encañada... Sin ponderancia, estoparece la gloria eterna. ¡Válgate Dios, Madrid! ¡Qué risa!... Alhéroe le entra una risa franca y ruidosa, y vuelve á escupir.

¿Pues y la casona grande que está allí arriba, con aquella ruedade colunas?... ¡Ah! ya, ya lo sabe. Paquito el ciego se lo hadicho. Ya se va destruyendo. ¡Sabe más cosas...! En aquella casase ponen los que cuentan las estrellas y[p. 12] desaminan el sol para saber esto de losdías que corren y si hay truenos y agua por arriba... Paquito le hadicho también que tienen aquellos señores unas antiparras tan grandescomo cañones, con las cuales... Otra salivita.

¿Pero qué pasa? ¿Los orbes se desquician y ruedan sin concierto?El Hospital empieza á tambalearse, y por fin da graciosas volteretasponiendo las tejas en el suelo y echando al aire los cimientosdescalzos. La Estación y sus máquinas se echan á volar, y el ríosalpica sus charcos por el cielo. Éste se cae como un telón al quese le rompen las cuerdas, y el Observatorio se le pone por montera ánuestro sabio fumador, que siente malestar indecible, dolor agudísimoen las sienes, náuseas, desvanecimiento, repugnancia... El monstruo,vencedor y no quemado por entero, cae de sus manos; quiere el otrodominarse, lucha con su mal, se levanta, da vueltas, cae atontado,pierde el color, el conocimiento, y rueda al fin como cuerpo muertopor rápida pendiente como de tres varas, hasta dar en un hoyo.

Silencio: nadie pasa... Transcurren segundos, minutos...

[p. 13]

II

Alejandro Miquis[1], estudiante de leyes, natural del Toboso,de veintiún años, y Juan Antonio de Cienfuegos, médico en ciernes,alavés, subían al filo de mediodía por las rampas del Observatorio.Eran dos guapos chicos, alegría de las aulas, ornamento de los cafés,esperanza de la ciencia, martirio de las patronas. Llevaban capa ysombrero de copa, aquellas culminantes chisteras de hace veinte años,que parecían aparatos de calefacción ó salida de los humos de lacabeza. Todavía no se habían generalizado los hongos, y la severidadde continente, heredada de la generación anterior, imponía á todomadrileño fino el deber de añadir á su cabeza, á todas horas, elinconcebible tubo de fieltro, al cual la época presente, por dichanuestra, ha quitado importancia, reduciendo su tamaño y limitando suuso. Cienfuegos llevaba en la mano el número de la edición pequeña

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