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La verdad sospechosa

La verdad sospechosa
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Title: La verdad sospechosa
Release Date: 2018-07-28
Type book: Text
Copyright Status: Public domain in the USA.
Date added: 27 March 2019
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La verdad sospechosa


Cubierta del libro

JUAN RUIZ DE ALARCÓN

LA VERDAD

SOSPECHOSA

NOTAS PRELIMINARES

DE

JULIO JIMÉNEZ RUEDA

PORTADA DE ANTONIO CORTÉS.

CULTURA

T. IV NUM. 2

1917


Junio 1º de 1917

«IMPRENTA VICTORIA»—4ª CALLE DE VICTORIA 92


[p. i]

Estampa del frontispicio

Ldo. Juan Ruiz de Alarcón


[p. iii]

NOTAS PRELIMINARES.

México ha sido propicio al florecimiento de la poesía lírica:desde Francisco de Terrazas hasta la pléyade flamante de los poetasnovísimos, no se ha roto la cadena del verbo de oro. Ha habidorepresentantes de todas las escuelas, ha producido el más alto poetade la lengua, en determinado momento: Sor Juana; ha sido cuna deprecursores de un movimiento revolucionario que había de renovartodos los valores estéticos en la lírica castellana: Gutiérrez Nájeramarca uno de los puntos de partida de la renovación. Pero si tal hasucedido con la lírica, no puede decirse lo mismo de la dramática, ladramática no ha tenido sino breves momentos de esplendor, tan fugacesy pasajeros, que pasan como destellos prestados por el luminar quebrilla con alternativas de opacidad y vigor en la Metrópoli castellana.Desde el manso e ingenuo Fernán González de Eslava, han ido a abrevarsenuestros dramaturgos en las fuentes del teatro español, y el teatroespañol sigue siendo en nuestros días, si no la única, sí cuandomenos la corriente más caudalosa que satisface nuestras aficionesescénicas.

En el amplio y espacioso tablado de la escena hispana, no yaformado con los “cuatro bancos y cuatro o seis tablas encima” de laépoca de Lope de Rueda, sino acondicionado con los arreos más vistososque la imaginación[p. iv]cómica y los arrebatos trágicos le puedan prestar, debe buscarse eldesarrollo de nuestro teatro y estudiarse a sus autores. El almaespañola ha tenido siempre un rincón dedicado a las disquisicionesfilosóficas, al eterno aspirar al cielo, a la sutil dialéctica quese manifestaba en voluminosos tratados de Teología y Metafísica, enrectilíneos compendios de Ascética, en ardientes coloquios místicos:Suarez, Vives, los Luises, Santa Teresa, San Juan de la Cruz. Elteatro, que es el más fiel espejo del alma de los pueblos, y másun teatro que arrancaba como el español de lo más profundo de laconciencia nacional, formado por el caudal épico de las primitivasgestas heroicas, vaciadas en el romance y volcadas en la escena,por una parte, y por otra la inagotable vena satírica, la visión dela realidad pujante y vigorosa retrada y aprisionada en las novelaspor artífices geniales, ramas de aquel tronco exúbero que se llamóel Arcipreste de Hita, y que halla su expresión más cálida en unanovela que es a la vez drama: La Celestina, arco triunfal con quese abren los Siglos de Oro, el teatro, pues, que es compendio y cifrade ese espíritu nacional, tiene en D. Pedro Calderón de la Barca supoeta teológico y metafísico por excelencia; lo caballeresco, loaventurero, lo bizarro, tan genuino y natural en aquellos tiemposcercanos al Renacimiento, lo reivindica para sí el Fénix de losIngenios; lo picaresco, lo amable y picante de la vida, brota de lapluma del mercedario Fray Gabriel Téllez, que también a las veces esprofundo creador de caracteres trágicos. D. Agustín de Moreto conocecomo ninguno de sus colegas el secreto del métier, es el técnico porexcelencia del teatro español; hasta la verbosidad lírica tiene suexpresión en las tiradas del D. García del Castañar del sevillanoD. Francisco de Rojas y Zorrilla. No se agota ahí todo: España poseíavastas y dilatadas colonias aquende el Atlántico, poseedoras, en sushabitan[p. v]tes, de unaalma que ya comenzaba a diferenciarse de la peninsular, ya surgía larivalidad y el odio que habían de estallar tres siglos más tarde entrenaturales y advenedizos y que campea en los sonetos encontrados porGarcía Icazbalceta. Esa alma criolla, caracterizada por “la discreción,la sobria mesura, el sentimiento melancólico crepuscular y otoñal quevan concordes con este otoño perpetuo de las alturas, bien distinto dela eterna primavera fecunda de los trópicos: este otoño de temperaturasdiscretas que jamás ofenden, de crepúsculos suaves y de noches serenas”que pinta Pedro Enríquez Ureña, ese rincón del alma de la raza, seincorpora también al torrente del teatro castellano y es expresado porel más alto dramaturgo que ha producido la América española D. JuanRuiz de Alarcón, el más mexicano, después de Sor Juana, que vivieraen el coloniaje, y uno de los más mexicanos que hayan nacido en laRepública.

D. Juan Ruiz de Alarcón es ante todo y sobre todo “el clásico deun teatro romántico —dice Menéndez Pelayo— sin quebrantar la fórmulade aquel teatro ni amenguar los derechos de la imaginación en aras deuna preceptiva estrecha o de un dogmatismo ético.” “Poeta moralistacon moral de caballeros, única que el auditorio hubiera sufrido en elteatro, y así abrió en el arte su propio surco, no muy ancho; perosí muy hondo.” “Moralista entre hombres de imaginación” según elatinado criterio de Hartzenbusch, sabía apreciar el tono y la mediday desarrollar sus comedias con aquella extrañeza y novedad que tantoplacían a D. Juan Pérez de Montalbán.

“Alarcón es, para Ed. Barry, el más moderno y el más igual entrelos poetas dramáticos de su siglo y también el que presenta más cosasdignas de admiración.” Alarcón es superior a Lope, Tirso y Calderón“por la emoción, por la selección y variedad de los asuntos, porla naturalidad del diálogo, por la verosimilitud de la fá[p. vi]bula, por la moralidad delfin, por la sobriedad de los medios y de los adornos, en fin, por lacorrección sostenida de un estilo, que es, después de tres siglos, unode los mejores modelos que hay que señalar a la imitación”.

No fué la vida de Alarcón ciertamente, como la de la generalidadde los poetas de entonces, arrebatada, férvida, múltiple y varia,aventurera, renacentista, en una palabra; no pasó por soldado enningún tercio, ni en Flandes, ni en Italia a las órdenes de Farnesio,del Duque de Alba o del Gran Capitán, ni asistió como su amigo D.Miguel de Cervantes Saavedra a “la más memorable y alta ocasión quevieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros” bajo lasbanderas del gran D. Juan de Austria; ni paró en fraile o sacerdotecomo Lope de Vega o Calderón, tan metidos en su nuevo oficio, que elprimero desmayaba en la hora más solemne de la misa. D. Juan era feo,corcovado, moreno según todas las probabilidades. Había nacido enMéxico, por los años de 1580 a 1581 y era descendiente de una de lasfamilias más nobles de España, oriunda, según Baltasar Medina en suCrónica de la Provincia de San Diego de México, “de la pequeña villade Alarcón, perteneciente a la provincia y obispado de Cuenca”. Murióel 4 de agosto de 1639, en la calle de las Urosas, parroquia de SanSebastián, en Madrid, siendo anunciada su muerte en forma breve y untanto cruel, por el gacetillero Pellicer de Tovar en sus Avisos delaño de 1639. Fué estudiante en Salamanca y en Sevilla por los añosde 1600 a 1608, correspondiendo cinco de estos a la de Salamanca ytres a la Hispalense; Licenciado en Derecho por la Real y PontificiaUniversidad de Nueva España; vuelto a Madrid en 1614; eterno aspirantea empleos en España o en las Indias y siempre desairado; blanco de lasátira de sus colegas Quevedo, Góngora; colaborador de Tirso por losaños de 1619 a 1623 en La Villana de Vallecas, fué recogiendo en susvagares[p. vii] por laCorte un tesoro de enseñanzas éticas que habían de fincar más tardeen sus comedias. A esa vida de privación y sufrimiento constante: aesa figura desmedrada y contrahecha en un tiempo en que la aposturay bizarría eran indispensables en el hombre para triunfar: a lanecesidad, “sexto sentido” que diría Gracián, debemos la originalidadde sus comedias. Pocos autores habrá que se retraten tan fielmenteen sus obras como el mexicano en las suyas: hay perfecta unidaden todas ellas, todas, la que más, la que menos, encierran un finético, plantean un problema moral, como podía plantearse en aquellostiempos. Las que discrepan del sistema: El Anticristo, El Tejedorde Segovia, son meros accidentes, ensayos de incorporación al gustoreinante, de imitación de dramaturgos aplaudidos. El alma de Alarcón seretrata en sus obras, diáfana, sencilla, fuente inagotable de raudalesde bondad, de filosofía serena, de consejos generosos. ¡Qué mucho,pues, que no hayan sido comprendidas, por su simplicidad relativa conrespecto a las de Lope por ejemplo, por un público cuya característicafundamental era, según Henríquez Ureña “la necesidad de movimiento”.Acción hipertrofiada, desbordamientos de vida, tanto en la ficción comoen la realidad, en la realidad que tuvo su expresión más cumplida enlos portentosos descubrimientos y las pasmosas hazañas de la conquistade América.

En las gradas de San Felipe el Real, en las covachuelas del Pardoy en los mil y un sitios de la Villa y Corte, debió recoger, juntocon las amarguras, dificultades, desengaños y dolores, el tesoro deargentería que prodigó en sus comedias. La Corte le daba materiacumplida, así en los que pisaban los senderos del Real sitio deAranjuez, como en los humildes criados, escuderos y rodrigones,discretos siempre, bachilleres alguna vez, que acompañaban a susseñores en andanzas, aventuras[p.viii] y discreteos. Todo lo que veía pasaba por el crisol de suespíritu bañándose en las fuentes vivas de una bondad ingénita y alaparecer de nuevo, objetivándose otra vez sobre las tablas del Corralónde la Pacheca, tomaba una forma amable, sin ironías siquiera, que escomo trascienden del alma las visiones de la realidad empapadas enlágrimas. Mundo visto a través de un prisma azul, no heroico como elde Lope, que agigantaba la visión, ni socarrón como el de Tirso queagitaba los cascabeles de la risa, sino sereno, diáfano, luminoso, queenseñaba las deformidades de la conducta y guiaba en la vida por elsendero del honor, un honor muy castellano, al que oteaba desde él lasmil revueltas pasioncillas e intereses, amores y devaneos de que erauniversidad la Corte castellana.

Y a través de ese prisma de serenidad y discreción que le daba sucalidad de mexicano, es como contemplamos a todos los galanes, damas yaun graciosos de su teatro.

Los galanes tienen la apariencia externa de los galanes del teatroespañol: aventureros, pendencieros, discretos, enamorados, valientes,apuestos, arrogantes, fanfarrones alguna vez, picados siempre de laaraña del honor, han bordado sobre él un código complicado y fecundoen conclusiones inusitadas; componen tan presto un madrigal comose desafían al pie de la ventana de sus dueños; pero interiormenteestán formados de un material más noble, dotados de sentimientos másgenerosos, de nobleza más quilatada. Así Los Pechos privilegiados,es un palenque en que se disputan a porfía los más altos y noblessentimientos el Marqués D. Fadrique y D. Fernando; D. García Ruiz deAlarcón es modelo de caballeros en Las Paredes oyen. Al lado deéstos, se encuentran otros, afeados por algún vicio, D. García (¿tomópor modelo a D. Rodrigo de Calderón, famoso[p. ix] en la Corte por sus embustes?) D. Mendo(¿fué, acaso, el Conde de Villamediana, o quizá D. Francisco Guzmánde Mendoza y Feria, llamado de Figueroa, gentilhombre del Marquésde Montesclaros «mapa de apellidos», como le llama el mismo Alarcónen Mudarse por mejorarse?) dotados de una humanidad plena que esel mayor timbre de gloria de Alarcón. Son aturdidos, educados en laescuela de ponderación y de maledicencia de la Corte, son frutos deella, genuinos y vigorosos, flor y nata de embusteros simpáticos yde malsines sabrosos que al fin y al cabo reciben el castigo de susembustes. Hay un galán que atrae profundamente la atención: D. FernandoRamírez de Vargas, el Pedro Alonso de El Tejedor de

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