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La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa)

La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa)
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Title: La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa)
Release Date: 2018-10-09
Type book: Text
Copyright Status: Public domain in the USA.
Date added: 27 March 2019
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Tomo I.
I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI, XVII, XVIII.
Tomo II.
XIX, XX, XXI, XXII, XXIII, XXIV, XXV, XXVI, XXVII, XXVIII, XXIX, XXX, XXXI, XXXII, XXXIII, XXXIV, XXXV, XXXVI.

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LA MADRE NATURALEZA ES PROPIEDAD


NOVELISTAS ESPAÑOLES CONTEMPORÁNEOS


LA
MADRE NATURALEZA
(2.A parte de Los Pazos de Ulloa)


POR
Emilia Pardo Bazán
TOMO I
Barcelona
Daniel Cortezo y C.A-Editores
Calle de Pallars (Salón de S. Juan)
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1887


Establecimiento tipográfico-editorial de Daniel Cortezo y C.ª

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I

Las nubes, amontonadas y de un gris amoratado, como de tinta desleída,fueron juntándose, juntándose, sin duda á cónclave, en las alturas delcielo, deliberando si se desharían ó no se desharían en chubasco.Resueltas finalmente á lo primero, empezaron por soltar goteronesanchos, gruesos, legítima lluvia de estío, que doblaba las puntas de lasyerbas y resonaba estrepitosamente en los zarzales; luego se apresuraroná porfía, multiplicaron sus esfuerzos, se derritieron en rápidos y{t.1-6}oblicuos hilos de agua, empapando la tierra, inundando los matorrales,sumergiendo la vegetación menuda, colándose como podían al través de lacopa de los árboles para escurrir después tronco abajo, á manera deraudales de lágrimas por un semblante rugoso y moreno.

Bajo un árbol se refugió la pareja. Era el árbol protector magníficocastaño, de majestuosa y vasta copa, abierta con pompa casiarquitectural sobre el ancha y firme columna del tronco, que parecíalanzarse arrogantemente hacia las desatadas nubes: árbol patriarcal, deesos que ven con indiferencia desdeñosa sucederse generaciones dechinches, pulgones, hormigas y larvas, y les dan cuna y sepulcro en lossenos de su rajada corteza.

Al pronto fué útil el asilo: un verde paraguas de ramaje cobijaba losarrimados cuerpos de la pareja, guareciéndolos del agua terca y furiosa;y se reían de verla caer á distancia y de oir cómo fustigaba la cima delcastaño, pero sin tocarles. Poco duró la inmunidad, y en breve comenzó{t.1-7}la lluvia á correr por entre las ramas, filtrándose hasta el centro dela copa y buscando después su natural nivel. Á un mismo tiempo sintió laniña un chorro en la nuca, y el mancebo llevó la mano á la cabeza,porque la ducha le regaba el pelo ensortijado y brillante. Ambossoltaron la carcajada, pues estaban en la edad en que se ríen lo mismolas contrariedades que las venturas.

—Se acabó...—pronunció ella cuando todavía la risa le retozaba en loslabios.—Nos vamos á poner como una sopa. Caladitos.

—El que se mete debajo de hoja dos veces se moja—respondió élsentenciosamente.—Larguémonos de aquí ahora mismo. Sé sitios mejores.

—Y mientras llegamos, el agua nos entra por el peszcuezo, y nos salepor los pies.

—Anda, tontiña. Remanga la falda y tapémonos la cabeza. Así, mujer,así. Verás qué cerquita está un escondrijo precioso.

Alzó ella el vestido de lana á cuadros, cubriendo también á su compañero{t.1-8}y realizando el simpático y tierno grupo de Pablo y Virginia, queparece anticipado y atrevido símbolo del amor satisfecho. Cada cual asióuna orilla del traje, y al afrontar la lluvia, por instinto juntaron ycerraron bajo la barbilla la hendidura de la improvisada tienda, y susrostros quedaron pegados el uno al otro, mejilla contra mejilla,confundiéndose el calor de su aliento y la cadencia de su respiración.Caminaban medio á ciegas, él encorvado, por ser más alto, rodeando conel brazo el talle de ella, y comunicando el impulso directivo, si bienel andar de los dos llevaba el mismo compás.

Poco distaba el famoso escondrijo. Sólo necesitaron para acertar con élbajar un ribazo, resbaladizo por la humedad, y lindante con lacarretera. Coronaban el ribazo grandes peñascales, y en su fondo existíauna cantera de pizarra, ahondada y explotada al construirse el caminoreal, y convertida en profunda cueva; excelente abrigo para ocasionescomo la presente. Abandonada hacía tiempo por{t.1-9} los trabajadores lacantera, volvía á enseñorearse de ella la vegetación, convirtiendo elhueco artificial en rústica y sombrosa gruta. En la cresta y márgenesdel ribazo crecía tupida maleza, y al desbordarse, estrechaba la entradade la excavación: al exterior se enmarañaba una abundante cabellera dezarzales, madreselvas, cabrifollos y clemátidas; dentro, en lasanfractuosidades del muro lacerado por la piqueta, anidaban vencejos,estorninos y algún azor; los primeros salieron despavoridos,revoloteando, cuando entró la pareja. Siendo muy bajo el sitio, éimpregnado del agua que recogía como una urna y del calor del sol quealmacenaba en su recinto orientado al mediodía, encerraba una vegetaciónde invernáculo, ó más bien de época antediluviana, de capascarboníferas: escolopendras y helechos enormes brotaban lozanos,destacando sobre la sombría pizarra los penachos de pluma de susvertebradas y recortadas hojas.

Aun cuando el escondrijo daba espacio{t.1-10} bastante, la pareja no se desunióal acogerse allí, sino que enlazada se dirigió á lo más oscuro, sindetenerse hasta tropezar con la pared, contra la cual se reclinó ensilencio, al abrigo de la remangada falda. Ni menos se desviaron susrostros, tan cercanos, que él sentía el aletear de mariposa de lospárpados de ella, y el cosquilleo de sus pestañas curvas. Dentro delcamarín de tela, los envolvía suavemente el calor mutuo que seprestaban: las manos, al sujetar bajo la barbilla la orla del vestido,se entretejían, se fundían como si formasen parte de un mismo cuerpo. Alfin el mancebo fué aflojando poco á poco el brazo y la mano, y ellaapartó cosa de media pulgada el rostro. La tela, deslizándose, cayóhacia atrás, y quedaron descubiertos, agitados y sin saber qué decirse.Llenaba la gruta el vaho poderoso de la robusta vegetaciónsemi-palúdica, y el sofocante ardor de un día canicular. Fuera, seguíacayendo con ímpetu la lluvia, que tendía ante los ojos de la parejarefugiada una cortina de tur{t.1-11}bio cristal, y ayudaba á convertir encerrado gabinete el barranco donde con palpitante corazón esperaban niñay muchacho que cesase el aguacero.

No era la vez primera que se encontraban así, juntos y lejos de todamirada humana, sin más compañía que la madre naturaleza, á cuyos pechosse habían criado. ¡En cuántas ocasiones, ya á la sombra del gallinero ódel palomar que conserva la tibia atmósfera y el olor germinal de losnidos, ya en la soledad del hórreo, sobre el lecho movedizo de lasespigas doradas, ya al borde de los setos, riéndose de la picadura delas espinas y del bigote cárdeno que pintan las moras, ya en el repuestoalbergue de algún soto, ó al pie de un vallado por donde serpeaban laslagartijas, habían pasado largas horas compartiendo el mendrugo de panseco y duro ya á fuerza de andar en el bolsillo, las cerezas atadas enun pañuelo, las manzanas verdes; jugando á los mismos juegos, durmiendola siesta sobre la misma paja! ¿Entonces, á qué venía{t.1-12} semejanteturbación al recogerse en la gruta? Nada se había mudado en torno suyo;ellos eran quienes, desde el comienzo de aquel verano, desde que élregresara del instituto de Orense á la aldea para las vacaciones, sesentían inmutados, diferentes y medio tontos. La niña, tan corretona ytraviesa de ordinario, tenía á deshora momentos de calma, deseos deociosidad y reposo, lasitudes que la movían á sentarse en la linde de uncampo ó á apoyarse en un murallón, cuyo afelpado tapiz de musgo rascabadistraidamente con las uñas. A veces clavaba á hurtadillas los ojos enel lindo rostro de su compañero de infancia, como si no le hubiese vistonunca; y de repente los volvía á otra parte, ó los bajaba al suelo.También él la miraba mucho más, pero fijamente, sin rebozo, conardientes y escrutadoras pupilas, buscando en pago otra ojeadasemejante; y al paso que en ella crecía el instintivo recelo, en élsucedía á la intimidad siempre un tanto hostil y reñidora que cabe entreniños, al aire despótico que adoptan{t.1-13} los mayores y los varones con laschiquillas, un rendimiento, una ternura, una galantería refinada,manifestada á su manera, pero de continuo. Ayer, aunque inseparables yencariñados hasta el extremo de no poder vivir sino juntos y de que lescostase todos los inviernos una enfermedad la ausencia, cimentaban suamistad, más que las finezas, los pescozones, cachetes y mordiscos, lasriñas y enfados, la superioridad cómica que se arrogaba él, y lasmalicias con que ella le burlaba. Hoy parecía como si ambos temiesen, alhablarse, herirse ó suscitar alguna cuestión enojosa; no disputaban, nose peleaban nunca; el muchacho era siempre del parecer de la niña. Estacortedad y recelo mutuo se advertía más cuando estaban á solas. Delantede gente se restablecía la confianza y corrían las bromas añejas.

Con todo eso no renunciaban á corretear juntos y sin compañía de nadie.Á falta de testigos, les distraía y tranquilizaba la menor cosa: unaflor, un fruto silvestre{t.1-14} que recogían, una mosca verde que volabarozando con la cara de la niña. Impremeditadamente se escudaban con lanaturaleza, su protectora y cómplice.

En la gruta, lo que les sacó de su momentáneo embeleso, fué observar lavegetación viciosa y tropical del fondo. La niña, gran botánica porinstinto, conocía todas las plantas y yerbas bonitas del país; perojamás había encontrado, ni á la orilla de las fuentes, tan eleganteshojas péndulas, tan colosales y perfumados helechos, tanto pulular deinsectos como en aquel lugar húmedo y caluroso. Parecía que lanaturaleza se revelaba allí más potente y lasciva que nunca, ostentandosus fuerzas genesiacas con libre impudor. Olores almizclados revelabanla presencia de millares de hormigas; y tras la exuberancia del follaje,se divisaba la misteriosa y amenazadora forma de la araña, y searrastraba la oruga negra, de peludo lomo. La niña los miraba,estremeciéndose cuando al apartar las hojas descubría algún secreto{t.1-15}rito de la vida orgánica, el sacrificio de un moscón preso y agonizanteen la red, el juego amoroso de dos insectos colgados de un tallo, laprocesión de hormigones que acarreaban un cuerpo muerto.

Entre tanto llovía á más y mejor. Sin embargo, así que hubo pasado cosade una hora, el chubasco se aplacó casi repentinamente, pareció que lagruta se llenaba de claridad, y una bocanada de fragancia húmeda lainundó: el tufo especial de la tierra refrigerada y el hálito de lasflores, que respiran al salir del baño. También á los refugiados se lesdilataron los pulmones, y á un mismo tiempo se lanzaron fuera delescondrijo, hacia la boca de la cueva.

Allí se pararon deslumbrados por inesperado espectáculo. La atmósfera,en su parte alta, estaba barrida de celajes, diáfana y serena: lucía elsol, y sobre el replegado ejército de nubes, se erguía vencedor, coninusitada limpidez y magnificencia, un soberbio arco-iris, cuyoarranque{t.1-16} surgía del monte del Pico-Medelo, cogía en medio su altacúspide, y venía á rematar, disfumándose, en las brumas del río Avieiro.

No era esbozo de arcada borrosa y próxima á desvanecerse, sino unsemicírculo delineado con energía, semejante al pórtico de un palaciocelestial, cuyo esmalte formaban los más bellos, intensos y puroscolores que es dado sentir á la retina humana. El violado tenía laaterciopelada riqueza de una vestidura episcopal; el añil cegaba con suprofunda vibración de zafiro; el azul ostentaba claridades de agua querefleja el hielo, frías limpideces de noche de luna; el verde setornasolaba con el halagüeño matiz de la esmeralda, en que tanvoluptuosamente se recrea la pupila; y el amarillo, anaranjado y rojoparecían luz de bengala encendida en el firmamento, círculosconcéntricos trazados por un compás celestial con fuego del que abrasa álos serafines, fuego sin llamas, ascuas, ni humo.{t.1-17}

A la vista del hermoso meteoro, aproximóse la pareja, según la costumbreinveterada en los que se quieren, de expresarlo todo acercándose.

—¡El Arco de la Vieja!—exclamó en dialecto la niña, señalando con unamano al horizonte y cogiéndose con la otra á la ropa del muchacho.

—Nunca ví otro tan claro. Si parece pintado, así Dios me salve. Chica,qué bonito!

—¡Mira, mira, mira!—chilló ella.—¡El arco anda!

—¿Que anda? Tú estás loca... ¡Ay, pues anda y bien que anda!

El arco se trasladaba en efecto, con dulce é imponente lentitud, demanera teatral. Se vió un

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